XIX
Sígueme, dijo Anuarí.
Sus ojos azules transparentes de luz se fijaron en los míos perforando los velos de mi oscuridad primitiva.
Y lo seguí.
Me llevó de la mano a la senda donde aparece el sol, donde se cobija en las noches el alma del mundo, y con el dedo de mármol me señaló el abismo lleno de flores.
Por primera vez sentí que el aliento que salía de mi pecho se confundía en el azul.